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Sexo paranormal, un relato erótico

sexo paranormal

Sexo paranormal, un relato erótico

Sexo paranormal, un relato erótico

Sexo paranormal: aquel que se tiene con un íncubo o un súcubo.

Todavía recuerdo esa tarde como si fuera ayer. Ya sé que es un tópico decir eso pero es la verdad. Han pasado varios años y no he vivido nada como aquella experiencia.

Nunca me paré a pensar qué había después de la muerte ni si los fantasmas existían o no. En mi mente había cosas mucho más importantes como viajar por ejemplo. Mi padre acababa de casarse con una mujer francesa y había comprado una impresionante casa en la costa catalana. Era una villa modernista de principios del siglo pasado a la que le habían dado un nuevo aire.

Él insistió en invitarme y yo vi la posibilidad de fugarme unos días a Barcelona a casa de mi amiga Laura. El plan sonaba fantástico así que, tras seis horas de coche, conseguí llegar a la pérdida “Villa Celine”. Mi padre y mi madrastra me recibieron encantados. Sus hijos (que ahora serían ¿medio hermanos?) también iban a pasar una semana en la villa.

Tras presentarme a todo el mundo (mis amigas enloquecerían al ver las fotos de mis nuevos hermanitos) y enseñarme la lujosa villa, me llevaron a mi cuarto para permitirme descansar un rato antes de la cena.
Tan solo el cuarto y el baño medían lo mismo que el estudio de Laura en Barcelona. Tenía una cama de 1.50 cm, un armario con las puertas de espejo frente a la ventana lo que daba mucha luz, también había un tocador como en las películas (y eso que el espejo del baño era enorme). La ducha era para dos y con vistas a unos acantilados.
Papá se lo había montado muy bien

Hice algunas fotos y se las envié a Laura para enseñarle lo pobre que era la nueva esposa de papá. Tras cotillear un rato por teléfono tirada en la cama decidí que ya era hora de deshacer la maleta y darme una buena ducha. Me despedí de Laura y colgué.

Mientras sacaba la ropa de la maleta sentí en la nuca como si alguien me mirara fijamente pero, al girarme, seguía estando sola en la habitación. Pensé que era cosa del cansancio y continué.

La sensación no desapareció, era como si el hombre invisible estuviera en la habitación pero allí no había nadie. No quise darle más vueltas, seguro que después de la ducha me sentiría mejor. Terminé de guardar las cosas, elegí que modelito me pondría para cenar y lo dejé encima de la cama. Abrí el agua caliente para que fuera saliendo mientras me desnudaba.

He de reconocer que fue en este momento cuando la sensación de ser observada aumentó tanto que hasta me dio algo de miedo. Notaba que conforme me iba desnudando la intensidad de esa sensación aumentaba. Para cuando me desnudé por completo la sensación era tal que instintivamente me tapaba con las manos.

Por mi cabeza pasó la posibilidad de volver a vestirme pero, finalmente, me metí en la ducha y dejé que el agua caliente se llevara todas esas sensaciones.

Era genial sentir el agua mientras observaba el paisaje. El verde era un color dominante y eso me ayudaba a relajarme. Tanto me relajé que ya me había olvidado de las miradas invisibles cuando, de pronto, sentí una ráfaga de viento frío colarse en la ducha. Me giré tan rápido que casi me resbalo. No había nada. Nadie frente a mí.

Me quedé helada cuando, al fijarme mejor, vi que las gotas de agua rebotaban en el aire como si chocaran contra algo. Me quedé inmóvil mientras mi cerebro iba a mil por hora intentando encontrar una razón lógica. Alargué la mano pero no había nada allí y, de pronto, las gotas volvieron a caer como si nada.

Pensé que mi cerebro me había jugado una mala pasada y, suspirando aliviada, volví a ponerme bajo el chorro de la ducha. Lo cerré, cogí el champú y empecé a masajearme la cabeza con los ojos cerrados como hacía siempre para evitar que me entrara champú.

Para alejar el miedo tarareaba una canción que había escuchado en la radio. Justo cuando ya me había convencido a mí misma que no había pasado nada, volví a notar el aire frío a mis espaldas pero, esta vez al tener los ojos cerrados por el champú, no pude comprobar que no había nadie.

Presa del pánico quise volver a abrir el grifo pero, antes de que pudiera encontrarlo el agua caliente volvió a caer sobre mí. Enjuagué mis ojos lo más rápidamente que pude para poder abrirlos, no había nada. Mi cuerpo no me respondía.

Cuando conseguí moverme quise alargar la mano para abrir la puerta pero en la trayectoria choqué con algo en mitad de la nada. Era una mano y comenzaba a subir por mi brazo. Otra mano me recorría el otro brazo y después otras manos me recorrieron las piernas subiendo hacia mis muslos.

De pronto entre todas me alzaron en el aire. Me quedé levitando en mitad de la ducha y bajo el chorro del agua. Tenía tanto miedo que no intenté soltarme.

Mis piernas se abrieron para dar cabida a una lengua que recorría mi entrepierna como si fuera el más dulce manjar de todos. Dejé de sentir miedo porque una sensación de placer me inundó. No me haría daño o al menos eso era lo que mi cerebro quiso entender.

Cerré los ojos para no verme en las alturas ya que me daba miedo y decidí así imaginar que era uno de mis amantes quién estaba allí conmigo.

Aunque pronto tuve que añadir más amantes a mi imaginación para justificar a mi cerebro todas esas manos y bocas que me besaban el cuerpo. Manos que me acariciaban los pechos y me los besaban. Que recorrían mi culo con su lengua.

Era una sensación fantástica una vez que ponía rostros a esas caricias. Mi placer se incrementó tanto que me corrí. El orgasmo me pilló de sorpresa pues no pensé que pudiera llegar a alcanzarlo en esas condiciones. Fue un orgasmo corto y silencioso. Pero, a pesar de haberme corrido, la lengua no paró.

Era como si otra boca hubiera tomado el relevo ya que sus movimientos eran diferentes. Y desde luego sabía cómo hacerlo para que me produjera placer después de haberme corrido.

Noté unos dedos jugando con mi vagina, parecían más largos de lo normal puesto que entraban hasta el fondo sin chocar con la mano. Entraban y salían dulcemente preparándome para lo que vendría después. Y, mientras ellos jugaban, una mano me giró la cara y, metiéndome un dedo en la boca, me la abrió todo lo que pudo. Yo ya había adivinado para que era por lo que no me sorprendió notar un pene rozando mis labios.

No me sorprendí. Lo acaricié con mi lengua intentando averiguar qué forma tenía. Era como los demás pero un poco más delgado por lo que jugar con él en mi boca no sería ningún problema. Lamí, chupé e intenté tragármelo todo lo que pude pero, hasta donde yo pude llegar, no se notaba un cuerpo. Estaba caliente, muy caliente lo que a mi parecer lo hacía más apetecible.

Estaba distraída con esa invisible felación cuando los dedos en mi vagina dejaron de jugar conmigo. Pronto noté otro pene (o su equivalente invisible) pidiendo permiso a la entrada. Por su tamaño comprendí que había resultado imprescindible el juego de dedos previo para poder acogerlo sin dolor. Debía de ser enorme. Me hubiera gustado tocarlo y medirlo con las manos pero mis manos estaban inmovilizadas. Entró suavemente. Bailaba acompañando a ese delicioso cunnilingus que fundía mi clítoris.

Físicamente era imposible tener una boca y un pene en esa posición por lo que me costó acallar mucho a mi cerebro para que no diera la voz de alarma. Era el más puro de los placeres y muestra de ello fue mi segundo orgasmo que llegó con ese suave movimiento que tenía ese enorme pene. Esta vez sí se me escapó un pequeño grito pero fue tapado por una de las manos que sujetaban y acariciaban mi cuerpo. Era mi segundo orgasmo y yo quería más. Mi clítoris ardía y mi vagina succionaba a esa maravilla de pene que continuaba entrando con la misma suavidad.

Me encantaba. En una nube de placer me encontraba cuando otra mano posó su dedo sobre mi boca como reclamándome para otra misión. Giré la cabeza y noté sobre mis labios el calor de otro pene. Este era más gordito pero igual de caliente que el otro. Lamí y chupé este nuevo pene y también intenté encontrar a qué cuerpo estaba unido. Fue imposible.

Noté de nuevo la mano de mi izquierda que volvía a reclamarme. Ambas luchaban por mi atención puesto que yo solo tenía una boca. Luché por liberar mis manos y lo conseguí. Ofrecí mis manos para que me colocaran sus penes en ellas y así, con un pene en cada mano, fui libre de alternar mis lametones y succiones entre ambos.

No fui capaz de encontrar a que estaban unidos, eran como unos penes infinitos. Jugué con ellos con la libertad que te ofrece esta condición. Moviéndolos de lado a lado e incluso lo que nunca más pude volver a hacer, introducirme los dos al mismo tiempo. No es que mi boca fuera tan grande si no que más bien parecía que se adaptaban a ella. Me sacó de mi ensimismamiento una lengua que jugaba con mi puerta trasera. Eso nunca antes me lo habían hecho por lo que inconscientemente me retorcí huyendo de ella. Todo paró.

Y de pronto nada. Sin lenguas, sin pene y sin pollitas que lamer. No era difícil adivinar que, si quería seguir con eso, tendría que dejarme hacer todo lo que quisieran. Yo quería seguir así que tuve que relajarme y dejarme hacer. Tan pronto como mi cuerpo volvió a relajarse todos volvieron a sus posiciones, incluido el invasor trasero. Me daba miedo que me metieran algo muy grande, ese era mi único miedo. Pero la verdad es que esa lengua era tan buena en lo suyo como lo era la otra.

Decidí centrarme en el placer que, evidentemente, estaba alcanzando unos niveles imposibles de conseguir con un solo hombre. Intenté contar cuantas manos me acariciaban pero me perdía. Lo mismo pasó con los besos y lametones que recorrían mi cuerpo. Toda mi piel recibía placer y yo estaba ya en tal estado que ni siquiera noté el momento en que la lengua fue suplantada por uno de esos larguísimos dedos. Sólo recuerdo que mi placer se incrementó de tal manera que volví a perder el control y tuve mi tercer orgasmo.

Mi tercer orgasmo

Al volver en mí pude notar los juegos de ese dedo invasivo. Estaba claro que me preparaba para una entrada triunfal. Me daba algo de miedo pero he de confesar que el tercer orgasmo había sido distinto y estoy segura que fue por ese dedo juguetón. A pesar de llevar tres orgasmos mi hambre estaba lejos de ser aplacada. Mi boca devoraba con muchas más ganas mis dos penes infinitos y también los demás aumentaron su ritmo.

El enorme pene me penetraba con más fuerza y más profundidad de lo que lo había hecho hasta ahora. Yo luchaba por no ahogarme con mis gemidos y mis penes cuando noté que el dedo larguísimo se retiraba satisfecho con su labor para dejar paso a otro pene.

Se paró en la entrada como esperando permiso y, lentamente, mi cuerpo fue dándole cabida, acogiéndolo como si ya lo hubiera hecho otras veces. A mí me pareció enorme. Cuando terminó de acoplarse comenzó un vaivén al ritmo de su compañero. Primero lento, como quién calienta motores antes de la carrera. Eso me permitía acostumbrarme a ese nuevo placer que sentía con ellos dos dentro. Y luego, poco a poco, el ritmo aumentó.

Aumentó tanto que ya no podía jugar con esos dos penes en mi boca y tuve que pasar a las manos. Mi boca estaba demasiado ocupada en gemir y en respirar con este nuevo ritmo como para ocuparse de nada más. Noté que me venía el cuarto orgasmo acompañado de un calor abrasador que crecía en mi entrepierna. Me corrí en una explosión de placer inigualable que duró más de lo que lo había hecho nunca. No sé decir cuánto pero el hecho de que ninguno de ellos parara alargó notablemente mi orgasmo. Me corrí en una explosión de placer inigualable.

Cuando por fin terminó, respiré aliviada. Noté espasmos en los penes, en todos al mismo tiempo, como si se corrieran a la vez y, después, noté como una descarga de esperma sobre mi cuerpo y dentro de él. Estaba caliente, mucho más que los penes y pude contar hasta seis. Dos dentro de mí, dos en mis manos y otras dos sobre mi vientre y pecho. Noté como abandonaban mi cuerpo y como me apoyaban sobre el suelo de la ducha.

Por primera vez me atreví a abrir los ojos. No vi nada, solo agua. Me senté en el suelo. Miré mis manos pero no vi rastro del semen que aún notaba. Lo toqué y no había nada, quizás el agua se lo había llevado.

Desconcertada metí los dedos en mi vagina y ahí sí que noté un líquido caliente y espeso que resbalaba por ella. Miré mis dedos manchados por ese líquido pero no vi nada. La única prueba que me quedó de lo ocurrido era mi resentida entrepierna (y trasera) que había dado cabida a esos enormes penes. Salí de la ducha y me envolví en la toalla.

¿Habría sido un sueño o había sido sexo paranormal?

Pensé que quizás algún día dudara de si había sido un sueño pero en esos momentos estaba tan resentida como si hubiera tenido un maratón de sexo con varios de mis amantes.

Ni que decir tiene que nunca se lo conté a nadie, no me hubieran creído, pero sí que he sentido alguna vez esas miradas desde la nada. Nunca se ha vuelto a repetir ese incidente en la ducha ni en aquella casa ni en ninguna otra. A veces en sueños recuerdo el incidente y me despierto toda mojada pero estoy sola, sin miradas penetrantes desde la nada ni nada parecido. Fue un instante de mi vida en el que tuve el sexo más increíble que se pueda tener y solo puedo aspirar a volver a vivir ese momento en fantasías porque en la vida real no he vuelto a tener nada parecido a ese sexo paranormal de aquella vez.

En la vida real no puedes adoptar esas posturas ni tampoco encuentras hombres con penes infinitos. La realidad es muy distinta y nunca me dará lo que recibí durante aquella ducha. Mi mente lucha entre la razón que lo califica de imposible y mi imaginación que repite cada detalle de ese asalto de sexo paranormal con quien fuera aquel o aquellos seres.

 

Christine Erotic

Exploradora del sexo paranormal

 

Christine Erotic

Un día busqué un relato erótico y no encontré nada de mi gusto. Me enfadé tanto que empecé a escribir. El camino ha sido largo y lleno de piedras pero no dejaré de trabajar en un portal de erotismo que ayude a las personas a encontrar una sexualidad sana y a disponer de multitud de herramientas para erotizar sus vidas. Creo que vale la pena el esfuerzo.