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Muerte al infiel, relatos de infidelidad

Muerte al infiel, relatos de infidelidad

Muerte al infiel, relatos de infidelidad

Relatos de infidelidad

Muerte al infiel

Relatos de infidelidad y de venganza, esos son mis favoritos. Me gustan porque con palabras puedo manifestar los deseos ocultos de muchas mujeres. Pero te aconsejo que no hagas realidad este relato.

No hay vino suficiente que borre de su mente la imagen de su marido con su amante. Ya hace una semana que conoce esta infidelidad y aún no ha dicho nada. Hace preguntas con trampas intentando averiguar más pero el muy imbécil tiene el guión bien aprendido. Sería el infiel perfecto de no ser tan idiota como para grabarse follando con otra. Y es que ¡hay que ser idiota!

Su primera reacción fue llorar y destrozar toda una vajilla. Él ni se dio cuenta de que cenaba en platos nuevos. Tras la tempestad siempre viene la calma y justo eso pasó.

Cuando se quedó sin lágrimas no le quedó otra opción que planear su venganza. Y conforme trazaba el plan más cuenta se daba de que era inevitable. Las propiedades a su nombre. Las cuentas a su nombre. La prima del seguro la aumentaron el año pasado por consejo del abogado. Todo encajaba a la perfección. El universo se confabulaba para darle lo que se merecía.

Por la mañana le despidió con el más dulce de los besos en mitad del jardín, a la vista de los demás vecinos que se iban a trabajar. Nadie sospecharía que hubiera una infidelidad. Debía de ser una despedida especial ya que ella pasaría la noche fuera por negocios.

Escribió de su puño una preciosa nota diciéndole lo mucho que le iba a echar de menos y que le dejaba su plato favorito preparado en el horno. Hizo sus maletas para el fin de semana y, asegurándose de tener de testigos a sus vecinos, salió de su casa.

Creo que el peor error que se puede cometer con una infidelidad es llevar a su amante a casa cuando su mujer no está. Hacer el amor en el lecho conyugal es el mayor de los pecados y por suerte para ella, él era el mayor de los pecadores.

A las nueve unas llaves abrieron la puerta y los amantes entraron a trompicones. Se besaban como si no hubiese un mañana ¡que ironía! Se arrancaban la ropa mientras iban camino del sofá. Él le quitaba las bragas con la boca y ella le agarraba del pelo.

—¡Me encanta que la zorra de tu mujer se vaya de viaje!— dijo ella entre jadeos.

Él hundió su boca en su entrepierna y, como si le fuera la vida en ello, movía su lengua sobre su clítoris, lo chupaba y lo mordía suavemente para volver a lamerla como un loco. Ella gemía como una perra en celo. Se corrió a pleno pulmón disfrutando de las paredes de la casa vacía.

Él no perdió ni un segundo y se puso sobre ella metiéndole su pene hasta el fondo atragantándola. Ella se aplicaba al máximo hasta que él la sacó para correrse en su cara. Ella boqueaba como un pez fuera del agua intentando beberse su leche. Así eran sus encuentros, como dos adolescentes en celo, disfrutando cuando mamá no está en casa.

Se fueron a la ducha y volvieron envueltos en albornoces. Ella se sentía triunfante al llevar el albornoz de su mujer. Fue ella quien encontró la nota en la cocina y la leyó en voz alta como si fuera un chiste mal contado. Fue tan divertido que ambos se morían de la risa.

Sacaron del horno la cena y no se dieron ni cuenta que la ración no era para uno solo. Lo repartieron en dos platos y lo acompañaron del mejor de los vinos de la casa. Brindaron por la “cornuda” y disfrutaron de cada trago hasta que la luz se les apagó y cayeron inconscientes al suelo.

Al despertar la cabeza parecía que les iba a estallar. Cuando la visión se les aclaró la vieron frente a ellos. Vestida en un traje de cuero negro con guantes y una amplia sonrisa de satisfacción. Intentaron moverse pero descubrieron que estaban atados.

—¿Estaba buena la cena? La preparé con mucho amor— dijo la dolida esposa

—¿Qué crees que estás haciendo?— dijo él intentando controlar la situación

—Voy a mataros— dijo ella sin pestañear

Los amantes se miraron atónitos intentando adivinar si lo diría en serio o no. En ese momento tres hombres entraron en el salón.

—Ya está— dijo uno de ellos y le enseñó sus joyas

—¡Estupendo! Disfrútalas— dijo ella — no olvidéis aquella escultura de allí que le costó un pastón.

—¿Qué coño crees que estás haciendo?— dijo el marido maniatado

—Ya te lo dije: mataros— dijo ella con una frialdad que le heló la sangre— quiero que veas algo.

Le acercó el móvil y le dio al play. Un vídeo de los dos amantes en un hotel apareció en pantalla. Había sido tan idiota como grabarse follando con su amante y no esconder el vídeo.

—Bonito ¿verdad?— dijo ella con una sonrisa— Ahora quiero que veas otro.

Volvió a darle al play pero esta vez quién aparecía en la pantalla era ella. Llevaba el conjunto de encaje rojo que le regaló él. Un hombre con una máscara apareció en escena, iba desnudo y le besaba el cuello. Después aparecieron unas manos distintas que le amasaban los pechos.

La escena se cortó para pasar a la cama donde ella estaba tumbada con uno de ellos comiéndole la entrepierna y haciéndole una felación al otro.

Cambiaba de nuevo la escena y aparecía ella tumbada sobre uno de ellos mientras le hacían una doble penetración. Sus gemidos eran como la banda sonora del vídeo, lo ocupaban todo. El vídeo terminaba con un primer plano de su vagina mientras tenía un orgasmo con un maravilloso squirt.

La cara de su marido estaba roja de ira. La de la amante reflejaba asco.

—¡Eres un puta!— le dijo él

—Y tú hombre muerto— dijo ella— Tú puedes tener amantes y sí, lo digo en plural porque no has sido la única “princesita”— la cara de su amante demostró una gran sorpresa— y yo por fin hago realidad mi fantasía de hacer un trío, esa por la que tantas veces te supliqué y tu me decías que lo nuestro era solo para los dos, que no lo compartiríamos nunca con otros porque era especial y único. Ya veo lo especial y único que ha sido para tí.

Su voz sonaba sarcástica pero sin odio. Era como si fuera a terminar en eso, una simple escena de venganza con robo. O al menos eso pensaba él hasta que la vio hacer un gesto a alguien tras ellos.

Quiso girar la cabeza pero le resultaba imposible verlo. Y, de pronto, algo en su mujer le heló la sangre. Su mirada y su sonrisa le resultaron espeluznantes y, mientras intentaba adivinar por qué, unas gotas calientes cayeron sobre su rostro.

Al girarse vio como unas manos con un cuchillo acababan de cortarle el cuello a su amante. Quiso chillar para el filo del cuchillo se lo impidió.

—¿No me has creído cuando he dicho que eras hombre muerto?—dijo ella

—Por favor no— apenas alcanzaba a susurrar mientras las lágrimas comenzaban a brotar de los ojos.
— ¿Recuerdas que siempre estás tan preocupado por no pagar impuestos que lo pones todo a mi nombre?— dijo ellas mientras disfrutaba de su cara de miedo— ¿y que todas las cuentas están a mi nombre? ¿o que subimos la prima del seguro? Y lo mejor de todo ¿recuerdas que yo he salido de la ciudad?

Su cara era la de un hombre que entiende que no ha merecido la pena pagar un precio tan grande por su aventura. La de quién hace cuentas y llega a la conclusión de lo barato que hubiera salido el divorcio.

Un gesto de ella fue suficiente para que él sintiera como la vida se le escapaba a borbotones por la garganta y como llegaba su final.

Al día siguiente mientras desayunaba en el hotel, antes de su reunión, un par de policías aparecieron para darle la noticia. Su actuación, de Oscar. Las sospechas sobre si sabría lo de la infidelidad duraron solo unos minutos ya que su escena fue perfecta y su coartada era tan sólida que no hubo forma de desmontarla. Caso sin resolver, olvidado en algún triste almacén.

Ella guardó luto cinco años, no porque lo sintiera sino porque descubrió lo bien que le sentaba el negro. Cada año, por el aniversario de su muerte, lleva un precioso ramo de flores a su tumba y llora desconsolada por horas mientras que, entre las lágrimas de cocodrilo, susurra todas y cada una de las fantasías que ha hecho realidad desde su muerte.

Nada más imprevisible que una mujer engañada, quién avisa no es traidor.

¡Espero que te haya gustado y que compartas! (Y que no lo lleves a la práctica)

 

 

Un beso

Christine Erotic

Nada mejor que escribir relatos de infidelidades con una copa de vino en la mesa (blanco y verdejo)

 

Christine Erotic

Un día busqué un relato erótico y no encontré nada de mi gusto. Me enfadé tanto que empecé a escribir. El camino ha sido largo y lleno de piedras pero no dejaré de trabajar en un portal de erotismo que ayude a las personas a encontrar una sexualidad sana y a disponer de multitud de herramientas para erotizar sus vidas. Creo que vale la pena el esfuerzo.