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La agente Ramírez en Operación Navideña, una historia erótica

Historia erotica de la Agente Ramirez

La agente Ramírez en Operación Navideña, una historia erótica

La agente Ramírez en Operación Navideña, una historia erótica

Historia erótica donde de nuevo nuestra Agente Ramírez hará uso de sus fantásticas y sensuales armas de mujer. Disfrútala.

 

El ruido de sus tacones era lo único que se oía en el hall del edificio. El vigilante la saludó mientras la escaneaba de arriba abajo. No necesitó pedirle su acreditación pues sabía de sobra quién era y a qué piso iba. Era su segundo día allí y ya la conocían todos en la empresa.

Con la mirada serena y una dulce sonrisa fue directa al ascensor. Le habían dado una semana para completar su misión pero ella estaba decidida a terminarla hoy. Le sacaba de sus casillas que la hubieran extraído de su misión en el cartel para realizar una misión tan sencilla como esta. Necesitaban una agente especial y la habían elegido a ella a pesar de tener otras muchas compañeras esperando la oportunidad.

Era escandaloso lo que les costaba confiar en una mujer a pesar de las calificaciones y de los méritos personales que tenían algunas de ellas. Ramírez llegó a plantearse si no sería una excusa para mantenerla apartada del cartel y que otro se llevara el mérito.

Las puertas del ascensor se cerraron rumbo a la décimo tercera planta. Debía concentrarse para representar su papel. En esta misión ella era la nueva jefa de división de exportaciones. El anterior jefe se había “suicidado” en extrañas circunstancias y como la empresa estaba siendo investigada por la Agencia creían más que probable que hubiera sido un asesinato.

La misión de Ramírez era averiguar si su antecesor había descubierto algo y hacerse con los archivos de la empresa
Tenía de plazo una semana tras la cual volvería al cartel. O al menos eso le habían prometido. Para este personaje Ramírez consideró que la mejor opción sería interpretar a una jefa sociable y amigable de modo que la gente de la empresa bajara la guardia. Incluso llegó en un par de reuniones a representar a una jefa a la que le venía muy grande el puesto. Al fin y al cabo, si pensaban que no era muy lista, tendría más posibilidades.

En dos días ya tenía un sospechoso y esta noche su objetivo era colarse en su despacho aprovechando la fiesta que la empresa daba a los empleados. Con tanto alcohol en el cuerpo sería fácil desaparecer unos minutos sin que nadie la echara de menos.

Las puertas del ascensor se abrieron y se pudo escuchar como una voz completamente desafinada cantaba en el karaoke destrozando la canción hasta tal punto que Ramírez no pudo reconocerla. El confeti del suelo marcaba el camino a la fiesta. Dos mesas grandes abastecían de canapés y polvorones a los asistentes y un barman preparaba cócteles y copas a una velocidad pasmosa.

Una estupenda forma de emborracharlos a todos.

Llegaba una hora tarde, por lo que muchos de ellos ya iban más contentos de lo que deberían. La secretaria de dirección era la dueña de esa terrible voz que aspiraba a ser mundialmente conocida. Metida de lleno en el papel le recordaba a Bridget Jones en la película.

Con una copa en la mano saludó a todos los asistentes mientras reconocía el terreno. En media hora comenzarían los “juegos” y eso mantendría a todo el mundo muy ocupado. Solo tenía que reírse y comer canapés mientras esperaba. Su sospechoso no había venido a la fiesta y eso disminuía el riesgo de que la descubriera en su despacho.
Mientras comía un trozo de tarta que llevaba demasiado ron notó que la observaban. Discretamente miró a su alrededor hasta tropezarse con su mirada. Sostenía una copa de whisky mientras la observaba. Al verse descubierto se acercó a ella. Su paso era inseguro lo que le hizo pensar que esa no sería su primera copa. Finalmente él sí que había asistido por lo que debía de cambiar el plan.

Una tonta sonrisa se dibujó en su cara. Hacerse la borracha nunca fallaba. Él se inclinó para susurrarle al oído que fueran a su despacho y antes de separarse le mordió suavemente el lóbulo. Iba a ser mucho más fácil de lo que pensaba.

Con una risita tonta Ramírez se dejó coger de la mano y arrastrar a la oficina. Un ligero traspiés de sus tacones convencería a cualquiera de lo rápido que le puede subir el alcohol a la nueva jefa.

Abrió la puerta de su despacho pero sin encender la luz y empujó a Ramírez contra la mesa. Ruido de cosas cayendo a la moqueta y un cálido aliento sobre la nuca de Ramírez. Era posible que estuviera con un asesino a oscuras en una habitación y esa era una clara desventaja. Recordaba una lamparita de mesa al otro lado de la mesa de modo que mientras sus manos intentaban colarse dentro de su camisa ella buscaba a tientas el interruptor.

Al final lo encontró y pudo encenderla. Por suerte la lámpara iluminaba su pecho escapando del sostén lo que a él le encantó. Una vez con luz en la habitación Ramírez recuperó el control. Necesitaba poder examinar la sala de modo que entre besos apasionados le llevó hasta su silla y le obligó a sentarse.

Lo manejó con una facilidad pasmosa. Él la miraba intrigado mientras ella buscaba algo de música en su móvil. Las primeras notas de “Fever” sonaron en el despacho. Era la nueva versión de Beyonce. Ramírez se colocó en mitad de la habitación y comenzó a mover la cadera al ritmo de la música. Lentamente fue subiendo su falda, siempre al compás. Sus piernas parecían interminables y su melena se movía suavemente de un lado al otro. Un rápido giro sobre sí misma y sus manos comenzaron a desabrochar los botones que aún quedaban abrochados.

Hipnotizado por las impresionantes curvas de nuestra agente no se daba cuenta del reconocimiento que estaba haciendo ella de todo el despacho. Tras la puerta había colgadas dos corbatas. Ella las cogió y sensualmente las frotó por su pecho. Dando pasos suaves y elegantes a ritmo de la canción se colocó junto a él y ató delicadamente sus muñecas a la silla con la suficiente destreza como para que solo ella pudiera desatarle.

Por la forma en la que se le caía la baba y lo abultado del pantalón daba más pena que miedo. Ramírez abrió los cajones mientras él pensaba que buscaba algo para jugar. Ella seguía moviendo el culo y él confiado en que iba a comérselo enterito.

Uno de los cajones tenía un fondo inferior a los otros de modo que Ramírez lo rompió ante la atónita mirada babeante de su sospechoso. Un pen drive y varios documentos cayeron sobre la mesa. De su sonrisa no quedaba ni rastro. Varios e-mails donde aparecía implicado en lo que parecía ser una estafa millonaria. Y uno de los e-mails daba los datos y la dirección del supuesto suicida.

Intentó soltarse, en vano, los nudos de Ramírez eran perfectos. El pánico inundó sus ojos. Los de ella parecían lujuriosos. La puerta se abrió y apareció su supervisor de la Agencia. Ramírez miró a la esquina izquierda del despacho y descubrió un punto negro diminuto apenas perceptible con esa luz. El sospechoso estaba siendo vigilado y de ahí la rapidez de los agentes.

Consciente que todos la habían visto, entregó los papeles y el pen drive a su supervisor y salió del despacho. Ni una sola palabra saldría de su boca pues se la llevaban los demonios y eso no traería nada bueno.

Con paso decidido se dirigió al ascensor, necesitaba salir de allí lo antes posible. Extendió el brazo pero, antes de poder pulsar el botón una mano le tapó la boca y la arrastró hasta una habitación a oscuras. Sorprendida por el ataque y la llave que la había inmovilizado se revolvía en la oscuridad contra su asaltante. El hombre le chistó al oído para que dejara de hacer ruido mientras la apretaba más contra él. Cerró los ojos intentando concentrarse y fue entonces cuando algo estimuló sus sentidos. Su olor, el olor de ese hombre le era familiar. Automáticamente su musculatura se relajó y él comprendió que lo sabía, que le había descubierto.

Las reglas acababan de cambiar. Él apartó suavemente el pelo de su nuca y comenzó a darle suaves besos y pequeños mordiscos. Ella inclinó su cuello para no perderse ni uno solo de sus besos. No sabía cuánto tiempo estaría en la ciudad pero no pensaba desperdiciarlo hablando. Tampoco sabía lo que tardarían en devolverla al cartel. Cada segundo les pertenecía y a esa excitación por el reencuentro se le añadía el morbo de tener a todos los demás agentes recabando pruebas en la empresa de al lado.

Solo sus besos, y su respiración excitada. Su perfume le invadía sus sentidos. El calor y la humedad de sus besos en el cuello hacían que las piernas le temblaran. Él se apretaba contra ella y a ella no le quedaba duda alguna de lo mucho que se alegraba de verla.

—Te he visto— le dijo al oído— quiero que me bailes así.

Algo se incendió dentro de ella al saber que la había estado observando. Comenzó a moverse suavemente. Un movimiento circular de su cadera que en todo momento le acompañaba la cadera de él. Uno a uno fue desabotonando los botones que minutos antes había abrochado con rabia. Él acariciaba su camisa intentando recordar el tacto de su piel. Cuando por fin pudo volver a sentir su piel confirmó que era tal y como la recordaba: dolorosamente suave y caliente.

La camisa cayó al suelo y sus besos comenzaron a deslizarse por su espalda mientras le desabrochaba el sujetador. Al caer al suelo ella se estremeció haciendo que sus pezones se pusieran aún más duros. Él la cogió de la cintura y la giró, quedando frente a frente. Sus rostros se acercaron para besarse pero, justo a unos escasos centímetros, cuando podían sentir escapar el calor del otro, se pararon. Hacía tanto que no se besaban que éste era un momento que querían congelar.

Las manos de ella recorrieron su rostro para comprobar que sus ojos seguían en el mismo sitio, que su pequeña cicatriz sobre la ceja seguía allí. Su rostro estaba recién afeitado, al deslizar sus manos por él se mordió el labio por la emoción. Él solo se afeitaba para ella y eso quería decir que sabía que la iba a ver.

El momento se descongeló y sus labios se fundieron en un húmedo y cálido beso donde las lenguas querían devorarse la una a la otra. Las manos de él se deslizaron hasta su culo y la cogió a pulso, empujándola contra la pared. Algo cayó al suelo haciendo que los amantes aguantaran la respiración hasta que confirmaron que nadie les había oído.

Las respiraciones agitadas y las bocas sin saber dónde posarse si el cuello, el pecho o la boca. Los dedos de ella se perdían entre su pelo y, la boca de él, intentaba engullir sus pechos.

Él la bajó para poder usar sus manos. En un rápido movimiento su falda estaba en el suelo. Una sonrisa se dibujó en la boca de ella al recordar esa facilidad que él tenía para desnudarla.

Posó su boca sobre el abdomen de ella y comenzó a bajar hasta llegar a sus braguitas a las que agarró con los dientes para así poder deslizarlas por sus piernas hasta el suelo. Así sin utilizar sus manos, ya que estas estaban ocupadas amasando su culo como si de una pizza se tratara.

De nuevo otro escalofrío la recorrió al sentir como caían las braguitas al suelo y se escapaban de sus pies. Estaba completamente desnuda, si alguien entrara sería su fin.

Pero los besos de él subiendo por sus muslos le hicieron comprender que valía la pena correr el riesgo. Con un simple toque en sus muslos le pidió a ella que se abriera más de piernas. Ella se abrió y con un cálido beso él comprobó lo mojadísima que estaba.

Su lengua devoraba toda su humedad, saboreando y descubriendo lo mucho que la añoraba. ¿Cómo podía vivir sin tener su sabor en la boca? Intentó llenarse de ella. Su lengua recorrió cada milímetro de piel, dentro y fuera de ella. La oía gemir y sabía que había tenido que taparse la boca. Eso hizo que se excitara aún más. Se incorporó y, mientras lo hacía, le pareció escuchar un gemido de queja. Ella quería más pero él también quería más de ella.

Se desabrochó los pantalones y los dejó caer en el suelo. Su mano derecha agarró el muslo de ella haciendo que fuera más fácil entrar en ella. Un movimiento firme y decidido hizo que ambos se fundieran por fin. Él sentía su humedad y calor, ella su firmeza. Se sentía llena con él. Con su mano izquierda levantó su muslo de forma que ahora era él quien la sostenía de nuevo. Era él quien controlaba el ritmo y ella solo podía sentir.

—Tócate— le dijo en un susurro

Su mano derecha se deslizó sobre su clítoris y él se acomodó para facilitarle el trabajo. Sabía que, si sincronizaban sus ritmos, ella podría correrse rápidamente. Ella implacable y él concentrado al máximo. Sentía sobre su abdomen los movimientos de su mano.

Los gemidos de ella se le metían en la cabeza como si no hubiera otro sonido en el universo. Ella se corrió, le quedó claro cuando la sintió estremecerse y escuchar como ahogaba su respiración para prolongar su placer. Respiró hondo porque sabía que a ella le gustaba que siguiera con el mismo ritmo hasta que pasaba toda esa ola de placer que la recorría. Cuando escuchó que su respiración volvía a la normalidad supo que era su momento. Las manos de ella rodearon su cuello para poder agarrarse mejor. Comenzó a moverse más rápidamente y por fin pudo correrse él también. Un par de espasmos y un gemido ahogado fueron la prueba de que había alcanzado el orgasmo. Bajó suavemente las piernas de ella y apoyó su frente sobre su hombro. Necesitaba un minuto para recuperarse.

Se habían extrañado tanto que ni una semana a solas aplacaría todas sus ganas. Pero ambos sabían que no la tendrían, que solo podían hacer suyos momentos así, robados. Se abrazaron en un intento de congelar de nuevo el momento pero ahora ya podían oír las voces fuera, las órdenes, los detenidos, en fin todo ese mundo del que habían huido.

Un beso dulce y largo fue su despedida. Debían de salir de ahí lo antes posible y desde luego nadie podía verlos. Además, ni siquiera podían mirarse en un espejo. Se vistieron y con la linterna del móvil intentaron disimular lo que había ocurrido. En un descuido estaban fuera y cada cual desapareció por donde venía, como quien no se conoce, de vuelta a sus realidades aunque con el corazón en un puño.

Ya en el ascensor Ramírez se permitió dejar caer una lágrima que le rodó por la mejilla. En un mundo así donde por ser mujer no se te permite mostrar ningún signo de debilidad ella se veía obligada a ser perfecta, fría y calculadora. No permitían que el amor entrara en sus planes, como si fuera cosa de débiles. Pero solo cayó una lágrima.

Apretó los puños, se incorporó y volvió a ser la agente Ramírez durante unos segundos, lo que tardó él en escribirle otra vez

ÉL

«Hagámoslo de una vez»

Ella apretó el móvil contra su pecho y quiso imaginarse escapándose con él pero no podía, al menos no antes de poder vengarse.

ELLA

«Algún día»

ÉL

«Te esperaré»

Ella no tenía ninguna duda de que él lo haría. Al fin y al cabo todo lo que habían vivido les había convertido en dos amantes perfectos, seguramente los únicos del planeta que podrían comprender y aceptar una historia tan dolorosa como la que habían vivido. Habría tiempo para vivir su amor, sólo tenían que mantenerse con vida el tiempo suficiente.

 

 

Christine Erotic

Escritora de historias eróticas y detectivescas

 

Christine Erotic

Un día busqué un relato erótico y no encontré nada de mi gusto. Me enfadé tanto que empecé a escribir. El camino ha sido largo y lleno de piedras pero no dejaré de trabajar en un portal de erotismo que ayude a las personas a encontrar una sexualidad sana y a disponer de multitud de herramientas para erotizar sus vidas. Creo que vale la pena el esfuerzo.