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Amor verdadero, cuentos de amor para enamorados

Cuentos de amor verdadero

Amor verdadero, cuentos de amor para enamorados

Cuentos de amor para enamorados

Amor verdadero

Un cuento de amor para los amantes del género donde podrán reflexionar sobre lo frágil que puede ser el amor cuando falla la comunicación. Disfruta.

 

Esta es una leyenda de esas de amor verdadero. Cuenta esta leyenda que una mañana una muchacha se levantó al alba y sin decir nada a nadie se escapó de la aldea. También cuenta la leyenda que esa misma mañana un muchacho de otra aldea se levantó al alba y, sin decir nada a nadie, escapó de su aldea. Ella robó una hogaza de pan. Él, un queso y una botella de vino. Ambos pensaron que les bastaría. Con una sentencia a sus espaldas la rebelión era su única opción. Ella, demasiado bella cómo para que sus padres se negaran a entregarla en matrimonio a un desconocido terrateniente. Él, primogénito de un acaudalado terrateniente, condenado a casarse con alguien elegido por sus padres. 

Ambos guardaron silencio ante su amor verdadero. Su amor solo les pertenecía a ellos 

Nació de una mañana de otoño. Ella buscaba setas, él cazaba tordos. El destino quiso que ella se asustara ante un disparo y cayera al suelo. También quiso que él escuchara el sobresalto de ella. Corrió hacia ese grito y ayudó a una muchacha a levantarse. Ella, con su melena alborotada por la caída apenas vio el rostro del muchacho. Él sólo veía cabellos y hojas secas. 

Quiso el destino que ella tuviera dos ojos negros brillantes y expresivos debajo de esos pelos y hojas secas. Que él le ayudara a quitarse las hojas y le apartara la melena de la cara. Que desgracia la suya al comprobar que en los ojos de ambos se veían reflejados. El tiempo se paró por completo. Los pájaros guardaron silencio y hasta las nubes se detuvieron para observar el encuentro. Todos ellos cómplices de lo que estaba sucediendo. 

Una sonrisa emergió en sus labios 

Ya se habían enamorado. Era amor verdadero. La magia del momento era tal que temían que, al hablar, ese dulce sueño se desvaneciera de modo que, en silencio, prometieron no despertar jamás. Se lo dijeron todo con la mirada. Hasta los más pequeños matices los comentaron con una sonrisa y un roce de sus manos. 

Todo quedó claro entre ambos 

Los días pasaron y lo hicieron entre los árboles del bosque, únicos testigos de los suspiros que se les escapaban. Los paseos duraban horas que después debían de justificar ante sus familias. Comían poco y estaban distraídos. La preocupación embargaba a sus padres. Sin embargo, la felicidad y el deseo crecían entre ellos. 

Aquella mañana sembraron una semilla que crecía fuerte pero en silencio. Cuando mirarse ya no les bastaba llegó el momento de los besos. Dulces y suaves besos que ocupaban todo su tiempo. Se podría decir que se besaban hasta sentirse llenos pero, justo después de parar, volvían a sentir un vacío insoportable que les obligaba a volver a empezar. 

Intentando encontrar nuevas formas de satisfacer esa hambre buscaron entre los besos que se encuentran en el cuello. También en aquellos que se esconden en las orejas. El besado siempre perdía la noción del tiempo y del presente. Se evadía a un mundo de colores donde todo brillaba y sentía que allí podía volar como un ave. 

Su amor verdadero les hacía libres 

El besador se embaucaba con los sonidos del besado. Su respiración se tornaba hipnótica y los jadeos que de sus labios brotaban parecían posarse más abajo de sus cinturas. Tan adictivo era ser el besado como ser el besador. 

No había peleas por ser uno u otro, ambos papeles eran puro éxtasis para ellos. Hasta tal punto que, al llegar a sus respectivas casas, su estado era tal que la preocupación de sus familias crecía y crecía. Fue una mañana de sol brillante cuando, en uno de sus paseos en búsqueda de un lugar para sus besos encontraron una pequeña cabaña abandonada. A pesar de su aspecto destartalado su tejado estaba en perfectas condiciones y sus paredes no dejaban pasar el frío. 

En un rincón de la única habitación que tenía se hallaba una vieja estufa de leña. Solo necesitaron una mirada para comprender que a ambos les encantaba su nuevo escondite. Solo una mirada porque, os recuerdo, que el silencio seguía siendo ley entre ellos. Era la esencia de su amor verdadero. 

Él recogió leña seca para calentarla. Ella sacudió unas mantas y barrió el suelo 

Tumbados en el suelo junto a la estufa retomaron sus acostumbrados besos. Besos largos y cálidos que se intensificaban por el calor de la leña. Fue un impulso superior a él el que le llevó a recorrer su espalda con su mano hasta el borde de su falda. 

Otro impulso llevó a ella a pegarse más a él. Fue en ese instante cuando todo se paralizó. En su acercamiento ella notó un abultamiento en el pantalón de él. Ella no se asustó y él no se avergonzó. Las muchachas hablan entre ellas y los muchachos se cuentan cosas. Ambos sabían lo que eso significaba aunque ignoraban cómo se hacía. 

El instinto hablaría 

Unos torpes dedos desataron su falda. Otros finos dedos, aunque también temerosos desabrocharon su camisa. Tal vez fuera el calor que se acumulaba en la cabaña. Tal vez fuera el calor de esos besos que llevaban semanas dándose el uno al otro, el caso es que su calor se apoderó de ellos y la necesidad fue apremiante. Pieza a pieza cayó la ropa sobre la manta. En silencio, por supuesto, observaron sus cuerpos desnudos. Las diferencias entre ambos eran notables. También lo era la belleza. 

Temblaban 

No de miedo ni de frío si no de excitación. Se apretaron en un intento por calmar esos temblores pero de nada sirvió. Se besaron, pero eso tampoco sirvió. Las manos de él le acariciaron todo su cuerpo, pero, aunque algo se calmó, su cadera había tomado las riendas. Su pene le estorbaba, estaba tan duro que chocaba con todo. Sabía dónde encajaba esa pieza de modo que apoyó sus manos en las rodillas de ella y con toda la dulzura de la que fue capaz, las separó. 

Observó con detenimiento lo que acababa de aparecer entre sus piernas. Con las yemas de sus dedos lo acarició. Le pareció lo más bello que hubiera imaginado nunca. Le sorprendió su humedad que lo invadía todo. Si eso debía de encajar en lo de ella mejor que hubiera humedad para ambos. Se agachó para besarlo y su aroma le penetró. Era dulce y cálido como ella. Volvió a besarlo y un gemido escapó de sus apretados labios. Excitado ante tal reacción de ella volvió a repetir. 

Cuando el silencio entre dos personas lo absorbe todo, un gemido de placer puede ser la llama más poderosa. Y justo eso sucedió 

Cuando más besaba, más gemía. Cuanto más la oía gemir, más quería besarla. Y así, de esa forma tan sencilla entraron en una espiral de pasión. Sus besos se volvieron más húmedos y el sabor de esa humedad le invitaba a saborearla. Lamió como si quisiera comérsela entera y sus gemidos aumentaron de intensidad hasta casi convertirse en gritos de placer. 

Esos gritos se apoderaban de su mente y era incapaz de parar con tal de no perder ese sonido que acababa de convertirse en lo más exquisito del mundo. Ella se retorcía bajo su lengua y él la amarraba con sus manos para que no tuviera escapatoria. De pronto la espiral se detuvo y su cabeza fue atrapada por las piernas de ella. Un grito de mayor intensidad dio paso a un silencio asfixiante. Ella daba bocanadas como si no pudiera respirar mientras apretaba sus piernas. Él asustado, se incorporó a su lado. Tenía toda su cara roja. Por fin respiró. Una gran bocanada de aire colmó sus pulmones de oxígeno. 

La sonrisa de su rostro le aseguraba que todo estaba bien. Lo que fuera que hubiera pasado era bueno 

Una vez ya más tranquilo al verla sonreír de placer decidió que sería su turno. Se volvió a colocar entre las piernas de ella quien las abrió de muy buen grado y con mucho cuidado intentó encajar dentro de ella. Al principio le costó porque ella resbalaba. Pero, de pronto, encontró la entrada a su interior. Frenó para no entrar de golpe y, ya teniendo el control, avanzó lentamente en su interior. La cadera de ella se volvió a mover pero, esta vez, era como si buscase acoplarle mejor. 

No hubo dolor, solo una pequeña tirantez que desapareció enseguida. Al llegar al fondo abrió los ojos que ni siquiera sabía que había cerrado y miró el rostro de ella. Tan dulce como siempre. Sus ojos tan inmensos y negros como él adoraba. Y, esta vez, mirándose a los ojos, comenzó a retroceder y a avanzar como le habían dicho. 

Las piernas de ella le rodearon 

Apoyó su mejilla con la de ella de modo que pudiera oír mejor sus gemidos que volvían a brotar. Todo lo que sentía le abrumaba. Lo hacía de tal forma que todo el placer que sentía al entrar y salir de ella explosionó pronto en un largo gemido. Sin apenas saber qué había pasado e intentando recuperar el aliento un pensamiento le atravesó la mente: quería hacer esto el resto de su vida pero solo con ella. Tal era su amor verdadero. 

Se besaron 

Pero esta vez los besos eran diferentes. Sabían a complicidad. De esa que solo tienen los amantes. Al calor del fuego se durmieron, desnudos el uno junto al otro. Despertaron con el primer escalofrío. La estufa se había apagado y el sol se estaba poniendo. Era tarde y eso era algo muy peligroso. El miedo era un nuevo sentimiento que se había apoderado de ellos. Corrieron como alma que lleva el diablo hacia sus respectivas casas. En la de ella su madre lloraba y su padre esperaba con el cinturón. En la de él sus padres esperaban en el salón con rostro firme y sereno. 

La decisión estaba tomada 

A la mañana siguiente se desposaría con una muchacha que complacía a sus padres. No había lugar a discusión. La familia debía de escoger con cuidado para asegurarse una descendencia fértil tanto en hijos como en negocios. Tampoco podían desperdiciar los padres de ella la posibilidad de casarla con un terrateniente de una aldea vecina. 

Ellos, con sus negocios iban viento en popa sólo podían ver esta unión como un regalo para su situación. Casarían a su hija antes de que se echara a perder y conseguirían una familia política con dinero y contactos. El trato estaba cerrado, sus hijos habían sido subastados al mejor postor. Ella lloró y lloró hasta que se quedó sin lágrimas. Él destrozó todo su mobiliario pues los hombres no pueden llorar. 

A pesar de todo el sol les traicionó a ambos y volvió a salir como cada mañana, salvo que esa mañana era la de sus nupcias 

El primer rayo de sol les empujó a escapar. Abandonarían sus vidas esperando que el otro hiciera igual. Él, robó lo que pudo de la despensa antes de que llegara la cocinera y algo de dinero de sus padres, el suficiente como para viajar al sur. Ese sería el plan. Ella, dispuesta a arriesgarlo todo cogió lo que pudo y salió corriendo en dirección al bosque. Ninguno se casaría sin amor. Estaban convencidos de que su amor era el más grande de todos los tiempos. Perfecto y puro. Amor verdadero. Ni siquiera lo habían contaminado con las palabras pues no las necesitaban. 

¿No las necesitaban? 

El primero en llegar a la cabaña fue él. Frente a la estufa pensaba en cómo convencerla de que escapara con él. La sorpresa fue máxima cuando la vio abrir la puerta llevando una bolsa con sus pertenencias. Se abrazaron y se besaron y durante poco más de una hora ella lloró en sus brazos. 

De nuevo no hicieron falta palabras para confesar lo que sentían. Se irían de allí los dos juntos, huyendo de lo que fuera que huyera el otro. Sus ojos ya lo confesaban todo ¿para qué hablar? Cogieron sus cosas y partieron hacia el sur. Cruzarían el bosque, era el camino más rápido. No anduvieron  más de un kilómetro cuando el ruido de una patrulla les alertó. Les estaban buscando. Corrieron con toda su alma  pero sus perseguidores eran más rápidos. 

El pánico se apoderó de ellos y solo les importaba huir. No se dieron cuenta del rumbo de su destino 

Tras los árboles se abría un claro hacia el que corrían. No escucharon el ruido del agua que caía. El claro se abrió y una cascada apareció ante ellos. Con el corazón en la boca se miraron. El ruido de los caballos se oyó a sus espaldas y, casi por instinto, se cogieron de las manos. Con una mirada se lo dijeron todo. Su amor verdadero les haría libres para siempre. Cuando llegaron los caballos al claro sus jinetes descendieron de ellos. Los dos grupos se habían juntado buscando a sus fugitivos. El padre de ella se asomó al borde de la cascada. Su cuerpo flotaba en el agua, sujetado de la mano de un muchacho. 

La tragedia estaba servida 

El padre de él, con el corazón en un puño, también se asomó a la cascada. El cuerpo de su hijo flotaba en el agua de la mano de una muchacha. Ambos padres se miraban con ojos de dolor y de desconcierto. La pena por perder a sus hijos les consumía pero más aún lo hacía el desconcierto que les provocaba su suicidio. Desde la orilla ella  observaba su cuerpo flotando en el río, junto a su amor verdadero. Nada ni nadie podría separarlos ya. Triunfante se giró para poder mirarle pero él no estaba. Miró a su alrededor pero no le encontró. 

¿Qué sucedía? 

Él levantó la cabeza del agua buscando una bocanada de aire. Estaba aturdido pero aun así continuaba apretando su mano para no perderla. Ella no se movía. Sacó fuerzas para salir del agua con ella. La tumbó en la orilla y comprobó que no respiraba. 

Un grito de dolor quebró su silencio. Alzó la vista para ver dos hombres al borde de la cascada. Uno de ellos era su padre, el otro hombre gritaba de dolor. Sin comprender la escena regresó su atención hacia ella. Yacía inerte en el suelo. Él intentaba revivir su cuerpo. Ella, intentaba regresar a él. Lo tocó, se tumbó encima pero no conseguía volver a su cuerpo. Estaba muerta y así se quedaría. 

Observó  la impotencia de él por resucitarla. Sus lágrimas empañaron su mirada de forma que ya no encontraba esos intensos ojos negros que tanto la reconfortaban. Una voz familiar sonó a sus espaldas. Era su padre que corría hacia su cuerpo sin vida. Le acompañaba un hombre que gritaba un nombre: Daniel. 

Por primera vez oía el nombre de su amor verdadero 

Su padre se arrodilló ante su cuerpo. El otro hombre abrazó a su amado mientras le preguntaba una y otra vez “¿Por qué lo hicisteis?”. Él levantó la mirada del cuerpo sin vida de ella y miró a su padre sin poder entender su pregunta. Se giró y observó al hombre que lloraba a su amada. Sin duda era su padre. Lloraba desconsolado sobre su cuerpo. 

Tardó unos minutos en entender el precio que su amado silencio les había costado. Algo que al principio les pareció mágico y necesario les acababa de costar su amor. Su amor verdadero. Por un segundo pareció que sus miradas se cruzaban de nuevo. Ella, volvió a ver sus ojos negros. Él la imaginó de pie despidiéndose de él. Ella se fue y él se quedó solo. 

El peso de saber lo que les había costado su amor le acompañaría toda su vida 

Ya no podría amarla nunca más como lo hizo el día anterior. Sus ojos ya no le reconfortarían. Ya no habría más besos ni más risas para él. Su amor verdadero estaba muerto, al igual que él. Si es posible para el ser humano morir en vida, él ahora estaba tan muerto como ella. 

Viviría cada uno de sus días esperando el momento de volver a tenerla en sus brazos pero, el día que sus almas se vuelvan a cruzar, lo harían con la promesa de no callar nunca jamás. Desde entonces esa cascada que tuvo otro nombre en su día, hoy por hoy es conocida como el Salto del Amor Verdadero.   Y es que la falta de comunicación puede matar hasta el amor más verdadero, nunca lo olvides. 

 

Un beso 

 

Christine Erotic

Escritora de cuentos de amor

 

Christine Erotic

Un día busqué un relato erótico y no encontré nada de mi gusto. Me enfadé tanto que empecé a escribir. El camino ha sido largo y lleno de piedras pero no dejaré de trabajar en un portal de erotismo que ayude a las personas a encontrar una sexualidad sana y a disponer de multitud de herramientas para erotizar sus vidas. Creo que vale la pena el esfuerzo.