Sexo en la cocina

Sexo en la cocina

Sexo en la cocina o con comida suele ser el ingrediente más común en las fantasías y aquí te traigo un tributo a ese tipo de fantasías. 

Eran las seis de la tarde de un domingo cuando mi chico me preguntó si quería hacer tortitas con él. Yo nunca las había probado por lo que me pareció una estupenda idea. Nos levantamos los dos del sofá de un salto y nos fuimos a la cocina. Como siempre hago cuando la cosa puede ponerse sucia recogí mi larga melena en una cola de caballo lo más alta que pude mientras él se ponía el delantal. Empezó a sacar harina, huevos, leche y yo saqué un bol grande donde echar todos los ingredientes.

Comenzó a explicarme su teoría sobre el origen de las tortitas mientras echaba la harina en el bol. Como la harina tiene vida propia una pequeña parte fue a posarse sobre su nariz y sus gafas y yo, que soy de risa fácil, comencé a reírme a carcajadas mientras intentaba, sin éxito limpiarle. Se quitó las gafas y se limpió con un trapo la harina que le quedaba. La verdad es que estaba de lo más gracioso. Mientras le limpiaba las gafas con agua y jabón él hablaba y hablaba todo emocionado sintiéndose el centro de mi atención mientras yo le miraba muy atenta preguntándome qué sería tan importante para tener que tragarme toda la explicación de las tortitas. Pero sé que él es así. Y a estas alturas no voy a quejarme porque, a pesar de todo, está adorable explicándolo.

Parece que decirme de dónde venían las tortitas era su razón de ser del día y claro, cada vez que levantaba la vista, yo decía que sí con la cabeza como si escuchara atentamente todo lo que decía. La verdad es que estaba muy guapo haciéndose el interesante. Estaba algo despeinado y llevaba la barba de tres días que a mí me gusta. Sin duda estaba orgullosa de tener un novio tan guapo como él.

Cuando bajé la vista al bowl el líquido para las tortitas estaba ya listo. Como siempre fue costumbre en mi casa metí el dedo para probarlo y, cuando iba a llevármelo a la boca mi chico muy enfadado me dijo:

—¿Pero qué haces? ¡¡¡No seas guarra!!! —dijo cogiéndome la mano.

—¡Probarla! ¿Es que tú nunca la pruebas? —respondí indignada.

—Si sé que está buena ¿para qué quiero probarla? —dijo riéndose de mí.

—¿Si no lo pruebas cómo sabes que está buena?—insistí.

—¿Y tú necesitas probar mis besos para saber si son buenos? —dijo acercándose a mí.

—¿Tus besos? ¡Ya no me acuerdo de cómo son tus besos!—dije para hacerle rabiar.

—¡Serás bandida! ¿No te acuerdas de cómo son mis besos?—posó sus labios sobre los míos y con un dulce beso me recordó eso que yo nunca olvido: su sabor, su calor y su olor. Se apartó y me miró a los ojos —¿Está bueno o qué?

—No sé, no sé yo si están buenos de verdad —para endulzarlos metí el dedo en las futuras tortitas y luego en su boca —A ver ahora.
Y me besó con ese dulce sabor a tortita. Sin duda mejoró mucho el beso. Cuando se separó de mí sus ojos brillaban y una sonrisa picarona lucía en su rostro. Se separó de mí y fue directo a la nevera para coger el sirope de caramelo.

—¡Eso es muy dulce! —dije temiéndome un empacho a caramelo.

—Cállate que hablas mucho —y puso un poco de sirope en el dedo índice y lo acercó a mi cuello. Lo manchó suavemente todo lo que pudo dando pequeños golpecitos y dejó el sirope sobre la bancada de la cocina.

Con una sonrisa que reflejaba sus más perversas intenciones llevó su dedo a la boca y lo chupó. El caramelo era su favorito y exageró poniendo los ojos en blanco. Con la otra mano agarró mi cola de caballo y echó mi cuello hacia atrás. Comenzó a lamer y a chupar mi cuello suavemente. Sentí la humedad de su lengua y el calor de su boca. Iba haciendo que me derritiera por dentro. Sabía que me encantaba que lo hiciera y la verdad yo prefería que me encontrara aún más dulce con el sirope. Poco a poco la cosa entre nosotros se fue encendiendo de modo que aparté el bowl de las tortitas que corría el riesgo de caer al suelo mancharlo todo. Está bien dejarse llevar por la pasión pero seamos realistas ¿quién quiere limpiar luego todo el estropicio?

Le quité la camiseta para poder sentir mejor su pecho que tanto me gusta tan suave y tan caliente. Lo besé de un extremo a otro y de arriba abajo bajándole los pantaloncitos de estar por casa. Claro estaba que a estas alturas su pene ya estaría más que contento por los besos que nos habíamos dado. Es algo que siempre me ha gustado de los hombres esa facilidad con que pueden tener una erección y, desde luego, el mío era de lo más sensible a mis caricias. Un mordisco en el cuello me sacó de mis pensamientos y me devolvió a la cocina. Ahí estaba mi chico mirándome fijamente y pidiéndome más.

Me agarró el culo y me sentó en bancada de la cocina como en las películas. Me quitó la camiseta y muy a mi pesar cogió el bol de las tortitas y con un dedo empezó a mojar y a mancharme todo el pecho dibujando un caminito hacia mi entrepierna. Cuando consideró que había terminado su obra de arte volvió para besar todos y cada uno de los puntos que formaban parte del camino mientras yo metía mis dedos entre sus rizos.

Me sentía en una burbuja donde solo hay cabida para las sensaciones. Sé que sus intenciones eran las mejores, que le encanta darme placer pero ¿qué puedo decir? hay veces que cuando nos tocan las teclas adecuadas somos nosotras las que buscamos los atajos. Así que agarré esos rizos que estaban dispuestos a devorarme enterita y los atraje a mi boca.

—Eso otro día cariño, hoy tengo prisa —bajé sus calzoncillos como pude con los dedos de mis pies y cayeron hasta sus tobillos.

Me urgía tenerle y ya habría tiempo para más juegos en el siguiente asalto. Me moví hasta el borde de la cocina y él se acercó sujetando su pene. Él estaba muy caliente y yo empapada por lo que entró suave y firme, como si conquistara su tesoro más preciado.

Yo me sentí llena, me encantaba el contraste de temperatura, casi quemaba. Comenzó a mover su pelvis a un ritmo lento para que yo pudiera tocar mi clítoris. Se centraba en la entrada de mi vagina porque sabe cómo me pone notarle entrar, siempre se lo digo. Es donde más siento y él lo sabe, mis gemidos se lo confirman, mi respiración entrecortada le indica que va por buen camino. Él se concentra, yo siento. Ajusto el ritmo de mi mano, la presión perfecta y dejo que todo surta su efecto. Mi temperatura asciende y noto como ardo. Se me hace más difícil mantener el ritmo de mi respiración y él sabe que es ahora cuando todo debe acelerarse. Su ritmo aumenta y yo estoy apunto. Se eriza mi piel, los pezones me duelen de tan erizados que están. Él entra y sale, yo muevo de izquierda a derecha y, al fin, un grito es arrancado de mi interior. Un grito que me recorre como un escalofrío por toda la columna. Me siento flotar, me desvanezco entre sus brazos. Pierdo las fuerzas mientras él me sujeta y sigue. No para hasta que llega su orgasmo.

Me encanta que lo haga así porque alarga el mío. Es como si después de mi orgasmo existiera la opción de continuarlo y solo estuviera en su poder. Como si él fuera dueño de eso y, mientras vuelvo a la vida envuelta en tanto placer, noto como llega el suyo. Un gemido silencioso es lo único que se escapa de su garganta. Me aprieta hacia él mientras recibe las últimas coletadas de placer.

Cuando levanta su mirada hacia mí sus labios están rojos y sus ojos perdidos. Apoya su cabeza en mí intentando reponerse. Es un momento tierno que compartimos los dos, le beso los rizos y le abrazo fuerte.

—Venga campeón reponte ¡que me prometiste unas tortitas!

Va a ser una tarde de lo más dulce.

 

¡Espero que os haya gustado el relato erótico de hoy! ¿has tenido tú algo parecido? ¡Compártelo conmigo! y si eres de l@s tímid@s por lo menos compártelo en tus redes para que tus amig@s también lo disfruten. 

Christine Erotic

Partidaria de llevar el sexo en la cocina al sofá o a la cama que son más cómodos.

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